21/4/07

TEXTOS Y SAQUEOS

CANDIL 22, julio agosto 1982



creo que es la primera vez, que conscientemente aporto un comentario personal, mas allá de la perseguida trascripción formal de los textos de CANDIL. Pero es un Editorial del año 1.982 el que llama la atención sobre un verdadero acto de piratería cultural (de mayor calado que el que la SGAE define y persigue)... veinticinco años después, se sigue practicando con absoluta impunidad y aún mas, con la complicidad del Ministerio de Cultura, que en absoluta dejación de sus funciones de control, prefiere cultivar esa "rentabilísima" relación con la SGAE, antes que cumplir con su obligación ante tantísima poca verguenza de sus "amiguitos"...

en la creciente bibliografía que vengo manejando en este ilusionante camino de aprendizaje, es casi imposible encontrar un solo texto completo de cualquier cante popular flamenco, porque algún desaprensivo lo ha registrado a su nombre y pone peaje a su edición... únicamente la oreja del que escribe, sirve para dejar testimonio de unos versos que del pueblo han nacido y al pueblo se les niega.

el expolio del patrimonio inmaterial del flamenco, constituido principalmente por los textos populares que durante tanto tiempo, nuestros esforzados antólogos (con Demófilo a la cabeza), legaron a la ciudadanía, lejos de perseguirse y condenarse, ha alcanzado cotas de verdadero escándalo... con la actual situación en la mano, Demófilo habría acabado ante los tribunales, por reproducir en su seminal, antológica e imprescindible CANTES FLAMENCOS (1881), las cosas que canta el pueblo y que unos cuantos delincuentes que a si mismo se denominan artistas, hubieran registrado a su nombre... nos roban a nosotros y roban el patrimonio inmaterial del flamenco... los autores que plagian y registran a su nombre, la SGAE que los cobija y saquea sus botines impunemente, el ministerio de Cultura que mira para otro lado, la in-justicia que no encausa, ladrones, mafiosos, prevaricadores!


EDITORIAL

El número de «CANDIL» que presentamos a la atención de nuestros lectores, de algún modo, puede calificarse como monográfico, ya que en gran parte está dedicado a la letra flamenca, al texto literario que se dice con el cante.

Si somos sinceros, hemos de confesar que a priori no estaba en el ánimo de cuantos hacemos «CANDIL» dedicar las más de sus páginas a una serie de estudios cuyo eje central es la «1etra». Sin embargo, en curiosa coincidencia -que muy bien puede denotar actual sensibilidad por la problemática, mundo y formas de esa gran postergada que es la copla- nuestros colaboradores han confluido abordando desde los más distintos puntos de vista algunos aspectos esenciales de elIa, cancioneros, letristas, etc., etc.; unos trabajos que, si bien en su conjunto no abarcan de modo total la amplia casuística, realidad, historia, sentido y fin de la letra, sin lugar a duda alguna, ofrecen aspectos esenciales de la misma en variado mosaico. De aquí que, a la vez que nos complacemos en presentar este número, dejemos expresa constancia de que parcelas fundamentales de la letra no han sido analizadas, o sólo han sido rozadas de modo tangencial; por lo que, en cuanto nos sea posible y dado el constatado interés por el tema, volveremos a su estudio que, en honor a la verdad, nunca estuvo ausente de las páginas de «CANDIL».

Pero existe un punto rechinante que no podemos posponer. Un tema nada novedoso y ya denunciado con la acritud que merece en numerosas ocasiones y que, por desgracia, no seremos los últimos en denostar. Nos referimos al indecente expolio del cancionero tradicional, anónimo y popular; a la impune apropiación de textos ajenos, a su copia descarada -algo bastante más deshonesto que el plagio-; a las ligerísimas modificaciones de textos históricos o de autores conocidos, para conseguir con malos camuflajes algo que no les pertenece. Ante tanta sucesiva desfachatez y alarmados por la apropiación indebida de un bien público, fruto de la hermosa historia cantaora, a la vez que alertamos a las instancias que corresponda, recusamos públicamente a aquellas personas que, por enloquecida vanidad o por obtener dinero con lo que nunca fuera suyo, registran como propias a canciones anónimas, populares, o de autor cierto; repulsa y reconvención mucho más firme cuando los irresponsables de este filibusterismo literario -que no «picaresca flamenca»- son personas vinculadas a nuestro nobilísimo y maltratado arte.

3 comentarios:

clapin dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
clapin dijo...

¡Hombre! Ya era hora de que te escucháramos, más allá de lo que la revista cuenta. Vaya enganche que te has cogido con El Candil, sí señor.

alvaro dijo...

oh, cuanto honor por aquí! hay vida ahí?